En las últimas décadas del siglo XIX, un grupo de labriegos, especialmente de Dolega, comenzó a introducirse en la región norte del territorio conocido hoy como Boquete. Para entonces, sólo existían los caseríos de Caldera y El Francés, mientras que las tierras ubicadas en las faldas del Barú y de la Sierra eran consideradas propiedad del político Juan Manuel Lambert.A pesar de la fuerte oposición que encontraron, algunos de los humildes agricultores se asentaron permanentemente y, poco a poco, trajeron o formaron sus familias.
En 1905, Boquete se perfilaba como una promisoria zona agrícola, por lo que fue convertido en corregimiento del distrito de David. Dos años después, se componía de los caseríos de Lino, Bajo Boquete, Quiel, Bajo Mono, Los Naranjos, Jaramillo y Los Bobos (actual Palmira). En estos años ya era evidente la presencia de algunos colonizadores extranjeros, quienes se sintieron atraídos por el agradable clima y la fertilidad de los suelos.Debido a la difícil comunicación entre David y Boquete, un grupo de boqueteños solicitó a las autoridades la creación del distrito y así surgió éste, por la Ley 20 del 17 de enero de 1911, sancionada por el presidente Pablo Arosemena.
La cabecera se estableció en Lino, poblado que concentraba un mayor número de residentes y poseía una iglesia católica (1907), una oficina de correos (1909) y un cepo a manera de cárcel.El 11 de abril de 1911 se instalaron las primeras autoridades municipales: Felipe González (alcalde), Maximino Santamaría (juez), Camilo Castillo (presidente del Concejo), Domingo H. Turner (secretario) y Paulino Ruiz (tesorero).
El comité que logró el surgimiento del distrito también sugirió el traslado de la cabecera para Bajo Boquete, hecho que se hizo efectivo poco tiempo después. No obstante, según el historiador nacional Ernesto J. Castillero, fue la Ley 103 de 1941, en su artículo 23, la que confirió a Bajo Boquete la categoría de cabecera. Se dice que Boquete debe su nombre a la configuración física de la entrada a la población que es la cabecera distrital, una especie de valle encajonado situado a más de 1 000 metros de altitud…
Según la antropóloga chiricana Olga Linares Tribaldos, algunos de los artículos de cerámica encontrados en el territorio boqueteño corresponden a los años 300 a.C al 300 d. C. (Fase Burica). Estas cerámicas muestran imágenes de tigres, ranas, lagartos, monos, armados y seres humanos. Tales vestigios materiales evidencian la temprana presencia del hombre en la región que actualmente se conoce como Boquete.La tradición oral y algunos documentos del período colonial indican que a la llegada de los españoles al suelo istmeño, la tribu de los doraces poblaba los valles de Boquete y Caldera, así como las llanuras de Dolega y algunas regiones de Bocas del Toro y Costa Rica. Se cree que este grupo procedía del tronco indígena de Talamanca.
En su obra Panamá indígena, Reina Torres de Araúz señala que la referencia escrita más antigua que se tiene de este grupo se remonta a 1622 y fue anotada por el religioso dominico Adrián de Santo Tomás, quien en una carta dirigida al rey de España estableció las incidencias de su contacto con los guaymíes y la estrategia que él consideraba adecuada para conquistar a éstos y a sus vecinos, los doraces. Precisamente fueron los religiosos quienes lograron el primer contacto con los palenques de los belicosos doraces y poco a poco fueron ganándolos a su fe.
Los hombres y mujeres de esta etnia eran de piel cobriza y se consideraban superiores a los guaymíes por su ascendencia, lenguaje y costumbres. Practicaban una agricultura rudimentaria: sembraban maíz, yuca y plátano; cultivaban y consumían en abundancia el pixbae.Los doraces complementaban su alimentación con la caza, la pesca y la recolección. Obtenían la sal para preparar sus alimentos con métodos primitivos de cocinar el agua tomada de las costas y los esteros. Sabían hilar y en rudimentarios telares confeccionaban telas que adornaban con dibujos coloreados, muy parecidos a los que se encuentran en las obras encontradas en las huacas.
Empleaban la miel que extraían de panales silvestres para endulzar la chicha y el agua. La bebida favorita de los doraces era el guarapo.
Trituraban el coco y las nueces de otras palmas para extraer aceite; para ello utilizaban las tumbas o piedras de moler, instrumentos que todavía suele verse en algunas residencias boqueteñas, especialmente en Caldera, donde se utiliza para la preparación de la famosa chicha de corozo.Como todos los grupos humanos, los doraces disponían de armas de combate: flechas, hachas de piedra, hondas y cerbatanas; estas últimas elaboradas con caña brava y palmas silvestres.
Para protegerse, utilizaban una especie de escudo hecho con cuero de macho de monte y para la pesca usaban anzuelos confeccionados a base de espinas de plantas y huesos de animales.Los doraces tenían su propio lenguaje y algunas de estas voces quedaron recogidas en Un pueblo visto a través de su lenguaje , obra escrita por la dolegueña Beatriz Miranda de Cabal, quien también plasmó los más importantes cuentos que se tejieron en el seno de esta población indígena.Remotas leyendas hacen referencia a dos acontecimientos que diezmaron a la tribu doraz.
La primera relata que una inundación llenó el valle de Boquete; la otra, cuenta de una invasión de serpientes que descendieron de las montañas con las crecientes del río Changuinola y obligaron a los indios supervivientes a buscar las llanuras de lo que hoy es Dolega y Caldera .Eusebio A. Morales establece que los doraces jamás se sometieron a las autoridades españolas, siempre estuvieron en franca rebeldía contra la dominación extranjera y en muchas ocasiones destruyeron totalmente los establecimientos coloniales.
Sin embargo, debido a los ataques de los indios mosquitos, procedentes de Nicaragua, los doraces se vieron obligados a buscar el amparo de los españoles para evitar su completa aniquilación. Se inició así el largo proceso de aculturación entre estos dos grupos humanos diferentes, el indígena y el europeo.Aunque ya no exista sobre la faz de la tierra el pueblo doraz, éste no ha desaparecido totalmente... La sangre de estos valerosos indígenas, al mezclarse con la española, todavía circula por las venas de los hombres y mujeres que habitan las tierras chiricanas.
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